Bajo la influencia frankliana sostengo que estamos llamados a aprender que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de hallar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir los quehaceres que la vida concede continuamente a cada hombre. Estos quehaceres son los que dan el significado a la vida, son los que diferencian a un hombre de otro. “Vida” no es algo banal, sino que es algo muy real y concreto, que conforma el destino de cada persona, diferente y único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino. Cada situación se distingue por su unicidad y en todo momento no hay más que una única respuesta válida.
Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir ha de aceptar dicha amargura, pues ésa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede eximirle de su sufrimiento, ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga.
Es la persona humana como el ser relacional, constitutivamente abierto al diálogo con un tú en el que se encuentra a sí mismo como yo. Así podemos acudir a una concepción de ser social, afirmando que el hombre es un ser social, y que en cuanto persona sólo logra ser tal en y por la comunidad interpersonal, es decir, dentro de la sociedad, que es mediadora de la personalidad.
Si en este momento me preguntaras qué es para mí la vida, te diría:
Vivir es desvivirse en el convivir para que el otro tenga vida. Esta opción es una invitación divina y una responsabilidad humana.














