¿Por qué escribir?
Está claro que cada cual puede tener sus motivos para escribir, algunos lo hacen por que ven en el arte una forma de escape, y otros lo hacen simplemente para conquistar. Pues bien, ¿qué es lo que impulsa al hombre para llegar a estas formas de escape o conquista por medio de la literatura?.
Cabe destacar ante esta pregunta que la realidad humana es esencialmente “reveladora”; el hombre es el único medio por el que las cosas se manifiestan (a diferencia de los animales, somos los únicos que tenemos plena conciencia de cómo funciona nuestro entorno). “Somos nosotros los que ponemos en relación este árbol con ese trozo de cielo; gracias a nosotros esa estrella, muerta hace milenios, ese cuarto de luna y ese río se revelan en la unidad de un paisaje“.
Ahora bien, uno de los principales motivos de la creación artística es la necesidad de sentirnos esenciales en relación al mundo que se nos revela, es decir, sentirse como un factor principal en relación con nuestra propia creación.
El problema de esto es que el objetivo creado siempre se nos muestra como algo provisional, es decir, cada vez que el autor crea una obra determinada puede variar una línea, el color, una palabra, etc. según los intereses propios del creador. Es él quien dispone las normas de su obra creada.

Por otro lado, es indudable que en una obra de arte nos encontramos con la mismidad de su autor, puesto que el impulso de quien crea una obra proviene de lo más profundo de su corazón, en su obra vemos reflejadas sus tristezas y alegrías, sus gozos y desesperanzas, su amor y su odio; en fin, su propia historia. Por ello, cada vez que un autor aprecia su propia obra la vuelve a crear, la reconstruye, quitando, agregando o afinando detalles en un proceso de repetición mental de las operaciones con que se ha generado dicha obra.
Precisamente, en este proceso de reconstrucción mental de la obra creada radica uno de los principales problemas para quien realiza una obra literaria. Mientras un zapatero puede usar los zapatos que acaba de hacer o un arquitecto puede habitar la casa que ha construido, un escritor no puede leer lo que escribe sin derrumbar la capacidad de asombro, dado que al leer, principalmente se está a la espera de sucesos es que la lectura se compone de una multitud de hipótesis, de sueños y despertares, de esperanzas y decepciones; en sí el acto de leer conlleva una inseparable capacidad de asombro frente a lo que está por revelarse. Pero dicha capacidad de asombro no cuenta en absoluto para el autor de la obra, puesto que él conoce los sucesos de ésta incluso antes de escribirlos. El autor, sin duda puede releer su obra, pero no la puede leer con ese dejo de sorpresa de quien lee la obra sin conocerla.
Está claro que cada cual puede tener sus motivos para escribir, algunos lo hacen por que ven en el arte una forma de escape, y otros lo hacen simplemente para conquistar. Pues bien, ¿qué es lo que impulsa al hombre para llegar a estas formas de escape o conquista por medio de la literatura?.
Cabe destacar ante esta pregunta que la realidad humana es esencialmente “reveladora”; el hombre es el único medio por el que las cosas se manifiestan (a diferencia de los animales, somos los únicos que tenemos plena conciencia de cómo funciona nuestro entorno). “Somos nosotros los que ponemos en relación este árbol con ese trozo de cielo; gracias a nosotros esa estrella, muerta hace milenios, ese cuarto de luna y ese río se revelan en la unidad de un paisaje“.
Ahora bien, uno de los principales motivos de la creación artística es la necesidad de sentirnos esenciales en relación al mundo que se nos revela, es decir, sentirse como un factor principal en relación con nuestra propia creación.
El problema de esto es que el objetivo creado siempre se nos muestra como algo provisional, es decir, cada vez que el autor crea una obra determinada puede variar una línea, el color, una palabra, etc. según los intereses propios del creador. Es él quien dispone las normas de su obra creada.

Por otro lado, es indudable que en una obra de arte nos encontramos con la mismidad de su autor, puesto que el impulso de quien crea una obra proviene de lo más profundo de su corazón, en su obra vemos reflejadas sus tristezas y alegrías, sus gozos y desesperanzas, su amor y su odio; en fin, su propia historia. Por ello, cada vez que un autor aprecia su propia obra la vuelve a crear, la reconstruye, quitando, agregando o afinando detalles en un proceso de repetición mental de las operaciones con que se ha generado dicha obra.
Precisamente, en este proceso de reconstrucción mental de la obra creada radica uno de los principales problemas para quien realiza una obra literaria. Mientras un zapatero puede usar los zapatos que acaba de hacer o un arquitecto puede habitar la casa que ha construido, un escritor no puede leer lo que escribe sin derrumbar la capacidad de asombro, dado que al leer, principalmente se está a la espera de sucesos es que la lectura se compone de una multitud de hipótesis, de sueños y despertares, de esperanzas y decepciones; en sí el acto de leer conlleva una inseparable capacidad de asombro frente a lo que está por revelarse. Pero dicha capacidad de asombro no cuenta en absoluto para el autor de la obra, puesto que él conoce los sucesos de ésta incluso antes de escribirlos. El autor, sin duda puede releer su obra, pero no la puede leer con ese dejo de sorpresa de quien lee la obra sin conocerla.
“El escritor no hace más que volver a encontrar en todas partes su saber, su voluntad, sus proyectos; es decir, vuelve a encontrarse a sí mismo“. Por ello, al escritor una vez que escribe no se le revela su obra, (ya está absolutamente familiarizado con ella) sino que es sólo obra revelada para los demás.
Por lo antes dicho, entonces, no es verdad que se escriba para sí mismo. La verdadera obra de arte se conjuga como tal al momento en que se hace visible al mundo por medio de la lectura; lo que hace surgir a la obra literaria como obra del espíritu es el esfuerzo conjugado del autor y del lector. Sólo hay arte por y para los demás. Por ello, toda obra literaria es un “llamamiento”, escribir es pedir al lector que haga pasar a la existencia objetiva la revelación que el autor ha emprendido por medio del lenguaje. Así, el autor escribe para dirigirse a la libertad de los lectores y requerirla a fin de que hagan existir a la obra y además reconozcan en su autor la esencialidad del ser que revela lo que ahí está escrito.
Finalizamos así, afirmando que el carácter ontológico de la obra literaria, es decir el ser de ésta sólo se realiza del todo en su lectura. El juego de la obra de arte literaria sólo se cumple en su recepción por el lector.












