Quiero sentarme a llorar en la vereda, sin que me importe si la gente me mira o si los autos tocan bocina ante el descubrimiento de mis piernas desprotegidas.
Quiero que el cordón sea mi asiento, el lugar donde extinga esta tristeza asesina, y que la calle sea mi hogar y mi reencuentro, no un peligroso paraje del cual debo huir constantemente. Quisiera no acelerar más mis pasos, sentarme a descansar bajo la sombra y que de mí solo quede un rastro, y que sean esas hojas rojas que derraman los liquidambar este otoño.
Esos liquidambar me fascinan. Plagan las calles de barrio y las que ostentan ser ciudad también; se confunden con el cielo hacia el horizonte, y por eso algunos no los ven; tiñen la ciudad de ese color tan otoñal justo cuando el sol se eleva y nos quiere abrazar con su calor.
Y el liquidambar que está encima de mí me cubre de flores al soplar el viento, quizás quiere que no llore más, o quizás sea como todos aquí y quiere que me esconda a llorar mis penas, que no muestre mis lágrimas a la gente, que la vida es seria o es fiesta y estar triste no es cosa de este mundo.
A mi no me importa
Ya no me importa, que me vean llorar si se atreven.
Este mundo no es rosa ni es lila, no siempre hay sol cuando está despejado el cielo, yo tengo ganas de llorar en la vereda, y no me importa más que esa ola gris que me invade.

