
Machu Picchu, la cuidad perdida de los Incas donde se refugiaron los últimos emperadores y donde sobrevivió el Imperio 40 años después de la llegada de los españoles. Cuidadela secreta y misteriosa, aún en tiempos del Emperador Pachacútec (su presunto constructor); al parecer su existencia era conocida sólo por las autoridades y los sacerdotes del Tahuantinsuyo.
Macchu Picchu, prodigio de arquitectura, de temeridad, y de estética... por la majestad y la armonía de sus formas, por la impecable organización de sus terrazas, escaleras, edificios, patios, pasadizos que se yerguen en este nido de águilas rodeado de montañas, entre la sierra y la selva, como las más extraordinaria hazaña constructiva del hombre prehispánico.
El encuentro de estas ruinas y de Pablo Neruda fue providencial para la poesía (aludo a la poesía como ejemplo del encuentro entre razón y fe). Aunque era conocida por los pastores y campesinos de la comarca, Machu Picchu fue descubierta para el mundo por el arqueólogo norteamericano Hiram Bingham en 19911.
Cuando Neruda subió a este lugar, en Octubre de 1943, el viaje desde el Cusco era largo y fatigoso, y la vegetación se enroscaba todavía en estos andenes, lo que debía acentuar el carácter mágico y religioso que tuvo siempre este lugar. La leyenda dice que la primera exclamación del poeta al subir estas cumbres y enfrentarse al soberbio espectáculo de lo hecho por el hombre y la naturaleza habría sido: “Qué sitio para un cordero asado!!” (xD). En realidad la experiencia lo removió profundamente, tocó las fibras más secretas de su personalidad y estimuló su imaginación y su verbo como pocas otras experiencias en su vida. Muchos años después, en sus memorias, dejó consignado así el formidable impacto: “Me sentí infinitamente pequeño en el centro de aquél ombligo de piedra, ombligo de un mundo deshabitado orgulloso y eminente al que de algún modo yo pertenecía. Sentí que mis propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos. Me sentí chileno, peruano, americano: había encontrado en aquellas alturas difíciles, entre aquellas ruinas gloriosas y dispersas una profesión de fe para la continuación de mi canto”
